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Mientras pedía su segundo café, Ángel se limitaba a disfrutar de una soleada mañana de mayo en una de las elegantes terrazas del Paseo. Era primavera, esa época del año en la que el aire es fresco, limpio y con olor a nuevo.
Había salido de la fábrica después de trabajar toda la noche y la expectativa de una mañana libre para hacer lo que quisiera le parecía una justa recompensa.
"Su café, señor."
"Gracias."
Sin azúcar y todo de un sorbo, como mandan los cánones. Así tomaba el café y así vivía su vida. Ángel recordaba las palabras de su hermano Luís. "Tío, es que vas a piñón fijo. No sé como puedes disfrutar de la vida comportándote de ese modo." le había repetido Luís en incontables ocasiones.
"¿Disfrutar la vida?, y ¿quién te ha dicho que yo estoy disfrutando de mi vida, hermanito?" pensaba Ángel aunque esas palabras siempre se quedaban atascadas en su garganta y nunca llegaban a salir.
La mañana era espléndida. La brisa acariciaba su piel y un ligerísimo aroma a jazmín perfumaba el Paseo mientras el sol se empeñaba en demostrar que ahora le tocaba a él ser el protagonista y que el frío, la lluvia y la humedad debían retirarse a sus aposentos hasta nueva orden.
Tal vez Luís tenia razón. Tal vez existía otra manera de vivir la vida. Tal vez su obsesión por hacer las cosas "como deben hacerse" y no "como quiero hacerlas" venía de lejos. ¿De dónde?
De repente, un gorrión se posó sobre la mesa. Ángel se sobresaltó y el gorrión salió volando perdiéndose en las frondosas copas de los plataneros del Paseo.
Entonces cerró los ojos y se imaginó que él era un pájaro. No era un gorrión. Era un águila que se elevaba por encima de los plataneros y de los edificios. Desde la altura podía ver las cosas de un modo distinto, sin distracciones, en silencio. Podía verse a sí mismo sentado en la terraza de la cafetería. Decidió subir más arriba, mucho más arriba. Ahora se veía como un pequeño punto. Un puntito situado allá abajo.
En ese momento se dio cuenta de que desde ese punto, que era él, nacían dos líneas con la misma dirección y sentidos opuestos. Una se dirigía hacia el sur y la otra hacia el norte.
Decidió volar hacia el norte pues tuvo el presentimiento de que allí había empezado todo. A medida que el águila seguía la línea era capaz de ver allá abajo todos los momentos de la vida de Ángel. Su pasado era una línea y ahora volaba por encima de ella. Decidió descender un poco para poder identificar mejor todas y cada una de las escenas de su pasado. Se sorprendió al ver escenas que creía del todo olvidadas. Continuó volando en dirección norte durante un buen rato más hasta que de repente sintió que estaba llegando a su destino. Se acercaba al momento en el que todo había empezado. Enlenteció el vuelo y descendió.
Allí estaba el pequeño Ángel. No debía de tener más de seis o siete años. Su padre estaba sentado en una silla del comedor montando una maqueta de la Torre Eiffel con mondadientes sobre la mesa y el pequeño Ángel miraba atento desde el sofá. En ese instante, llamaron a la puerta y el padre de Ángel se levantó a abrir. Fue entonces cuando el pequeño, deseoso de ayudar a su padre e impaciente por ver acabada la torre, empezó a colocar más palillos sobre la maqueta. Los colocaba rápidamente, sin seguir ningún patrón concreto. Al cabo de dos minutos, cuando su padre entró de nuevo en el comedor, la torre era un palmo más alta aunque cualquier parecido con la maravilla parisina era pura coincidencia.
"Pero, ¿se puede saber qué has hecho Ángel?" gritó enfurecido el padre.
"Yo, yo, sólo quería ayudar, papá." dijo con un hilo de voz el pequeño.
"¿Ayudar a qué?, ¿a destrozar la torre?" replicó su padre.
"¿Es que no sabes que las cosas no se pueden hacer como uno quiere?" prosiguió.
"¿Es que no sabes que las cosas deben hacerse de la manera correcta y no como a uno le parece?"
"Sólo hay una manera de hacer las cosas bien y así es como se tiene que hacer" remató.
Ángel estaba asustado. Nunca había visto a su padre así. Desde ese día sólo haría las cosas de la manera correcta: Como se tienen que hacer.
Pero ahora desde las alturas el águila lo veía de otro modo. ¿Cuál era el aprendizaje que debía extraer de esa experiencia y que le permitiría desprenderse de esos sentimientos negativos fácilmente, completamente y para siempre?
El águila permanecía pensativa tras la escena que acababa de contemplar. ¿Cuál era el aprendizaje?
Un destello cruzó el cielo azul y el águila comprendió: El padre de Ángel quería protegerlo de los peligros del mundo. Quería inculcarle la idea de que la rutina proporciona seguridad y cobijo ante las vicisitudes cambiantes de la vida. Quería enseñarle que si no se aparta del camino, nunca estará solo, que siempre acertará. Y quería hacer todo eso porque lo amaba. Porque, para ese señor triste que nació en plena posguerra, su pequeño Ángel era lo más importante de su vida.
Aliviada, el águila volvió a ascender en el firmamento. Ahora se sentía mucho más ligera. Se había desprendido de todos aquellos sentimientos negativos fácilmente, completamente y para siempre. Emprendió el vuelo de regreso hacia el sur. Aunque volaba muy deprisa, todavía era capaz de lanzar breves miradas a los momentos de la vida de Ángel que discurrían sobre la línea. Ahora su pasado se veía diferente. Algo esencial había cambiado.
Finalmente el águila llegó al Paseo y se posó sobre una rama de uno de los plataneros. Desde allí pudo ver perfectamente como Ángel también se sentía más ligero. Él también era como el aire de esa mañana de mayo: fresco, limpio y con olor a nuevo.

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