66. El Combate del Siglo (sabía que acabaría sucediendo).
Sabía que acabaría sucediendo. Desconocía el cuándo y el dónde aunque sabía que era inevitable.
Sucedió mientras corría por los caminos que rodean mi ciudad, aprovechando la tranquilidad de las primeras horas de la mañana. Iba yo distraído contemplando las primeras hojas de vid de la temporada cuando una voz profunda resonó en mi cabeza. "Esta ciudad es demasiado pequeña para los dos. Vamos a tener que solucionarlo". Me paré de golpe, sobresaltado. Nadie a mi alrededor. Solo vid, olivos y algarrobos. "Tienes razón. Uno de los dos sobra aquí." Respondió una segunda voz atronadora.
Un momento, ¿quién anda ahí? Aunque al principio no supe identificar las voces, debo reconocer que me resultaban muy familiares. Silencio.
Reanudé la marcha un poco desconcertado. "Ha llegado el momento de dejar las cosas bien claras, ¿no te parece?". "Absolutamente de acuerdo."
Ahora caigo, esas voces...tan familiares.
Efectivamente, eran las voces de mi Mente y mi Ser y se estaban retando. Mente y Ser eran como dos cachorritos cuando los conocí (yo también era un cachorrito por aquel entonces). Con el paso de los años han ido creciendo, se han hecho mayores, cada vez más fuertes. Era fácil imaginar que algún día pelearían por imponer su criterio, sus normas, su ley. Esta ciudad (yo) se ha convertido en un lugar demasiado pequeño para ellos dos. Y ahora uno de los dos quiere convertirse en el amo de la ciudad.
Pero ¿quién son exactamente estos dos guerreros?
Mente es el pensamiento, lo lineal, la razón, el ordenador, la conciencia, la roca, la lógica, el individuo, la diferencia, lo material, el timón, el lenguaje, el sí o el no, aprender del pasado y planificar el futuro, la hipnosis y la PNL, Platón y Aristóteles, Occidente.
Entonces ¿quién es Ser?
Ser es la percepción, lo circular, la intuición, lo analógico, el agua, la experiencia del momento, el todo, lo contínuo, lo intangible, la vela, lo innombrable, el sí y el no, estar en el momento presente, la práctica del mindfulness y la meditación, Confucio y Lao-Tsé, Oriente.
Gracias a Mente soy capaz de motivarme, de mitigar mis miedos, de marcarme objetivos y de seguir mis sueños.
Gracias a Ser puedo contemplar una puesta de sol, oír el romper de las olas y darme cuenta de que no hay nada más allá de este preciso instante. Porque todo está incluído en es este preciso instante.
Esta ciudad se ha vuelto demasiado pequeña para los dos. El combate del siglo va a comenzar...
65. La Inutilidad del Fracaso.
Publicado originalmente el 15/10/2012 en Jux.com
Existen algunas palabras que ejercen un efecto paralizante en las personas. Una de ellas es la palabra “fracaso”. De hecho, algunos idiomas no disponen de una palabra exactamente equivalente a nuestro “fracaso”. Muy frecuentemente tenemos la tentación de clasificar el resultado de nuestras acciones, y las de los otros, como éxitos y fracasos. Este modo de clasificación dicotómico resulta poco útil ya que no aporta información de calidad y se trata más bien de un juicio de valores. “Esto esta bién, esto esta mal. Esto es bueno y esto es malo”. El coaching nos enseña que el resultado de nuestras acciones es simplemente eso. Un resultado. Si ese resultado se ajusta a mis expectativas seguiré por el mismo camino. Si por el contrario, ese resultado no es el que yo esperaba pues haré otra cosa diferente (o de diferente manera). La palabra “fracaso” es también muy dañina para nuestra autoestima. Por ello, hablar de “resultados” es mucho más saludable.
Thomas Eddison diseñó mil prototipos de bombilla antes de encontrar el que funcionaba como él esperaba. Cuentan que en una entrevista un periodista le preguntó: “Lo más admirable señor Eddison es que después de cosechar mil fracasos usted haya tenido la fuerza de voluntad para continuar investigando y llegar finalmente al éxito con este invento”. Tras meditar unos segundos Eddison respondió sorprendido: “¿Mil fracasos? ¡Qué curioso! Nunca me lo había planteado de este modo. Yo me decía que había descubierto mil maneras de hacer una bombilla que no funcionaba”.
Tal vez, si el señor Eddison hubiese tenido la palabra “FRACASO” en su vocabulario, estarías leyendo este blog a la luz de las velas. ¿Todavía no has borrado esta palabra de tu diccionario? ¿A qué esperas?
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| www.flickr.com/photos/kylemay/1471414696 |
Existen algunas palabras que ejercen un efecto paralizante en las personas. Una de ellas es la palabra “fracaso”. De hecho, algunos idiomas no disponen de una palabra exactamente equivalente a nuestro “fracaso”. Muy frecuentemente tenemos la tentación de clasificar el resultado de nuestras acciones, y las de los otros, como éxitos y fracasos. Este modo de clasificación dicotómico resulta poco útil ya que no aporta información de calidad y se trata más bien de un juicio de valores. “Esto esta bién, esto esta mal. Esto es bueno y esto es malo”. El coaching nos enseña que el resultado de nuestras acciones es simplemente eso. Un resultado. Si ese resultado se ajusta a mis expectativas seguiré por el mismo camino. Si por el contrario, ese resultado no es el que yo esperaba pues haré otra cosa diferente (o de diferente manera). La palabra “fracaso” es también muy dañina para nuestra autoestima. Por ello, hablar de “resultados” es mucho más saludable.
Thomas Eddison diseñó mil prototipos de bombilla antes de encontrar el que funcionaba como él esperaba. Cuentan que en una entrevista un periodista le preguntó: “Lo más admirable señor Eddison es que después de cosechar mil fracasos usted haya tenido la fuerza de voluntad para continuar investigando y llegar finalmente al éxito con este invento”. Tras meditar unos segundos Eddison respondió sorprendido: “¿Mil fracasos? ¡Qué curioso! Nunca me lo había planteado de este modo. Yo me decía que había descubierto mil maneras de hacer una bombilla que no funcionaba”.
Tal vez, si el señor Eddison hubiese tenido la palabra “FRACASO” en su vocabulario, estarías leyendo este blog a la luz de las velas. ¿Todavía no has borrado esta palabra de tu diccionario? ¿A qué esperas?
64. En Tierra Firme.
"Abandonas el barco dando un salto. Vuelves a estar en tierra firme. El viaje ha acabado. Mientras te alejas del embarcadero con paso firme no puedes evitar sentir la llamada del mar. Sabes que pronto volverás a zarpar. El viaje nunca acaba."
(42 palabras)
63. El Hábito sí hace al Monje
Publicado originalmente el 11/10/2012 en Jux.com
Cuentan que un equipo de reporteros de un canal de televisión se desplazó a la sabana africana para llevar a cabo un reportaje sobre la fauna de aquella región. Localizaron una pequeña familia de leones y decidieron seguirlos durante unos días. Cuentan los reporteros que un atardecer siguieron al macho de la manada con la intención de observar cómo cazaba. Siguieron al león en secreto hasta la orilla de un pequeño riachuelo. Allí se tumbó en la hierba y se dedicó a dormitar durante un rato. Los reporteros explican que quedaron boquiabiertos al ver a un grupo de gacelas que se acercaba a la orilla del riachuelo y empezaban a beber tranquilamente. El león no se escondió y continuó holgazaneando a la vista de las gacelas. Estaban separados por unos escasos metros y parecía que a las gacelas no les importaba tener al león tan cerca. De repente, el león se puso en pie y sin aparente esfuerzo saltó sobre una de las gacelas que pasó a convertirse instantáneamente en la cena de aquel día.
El poder de los hábitos es muy grande. Es tan grande que un animal (y una persona también) puede llegar a poner en peligro su propia vida por mantener dicho hábito. Buscar un lugar diferente donde poder beber le causa tanta ansiedad y tanto miedo a la gacela que prefiere arriesgar su vida y continuar bebiendo en el lugar que siempre lo ha hecho. Si los reporteros pudiesen haber leído los últimos pensamientos de la gacela antes de ser devorada por el león probablemente la hubiesen oído decir: “¡Vaya, un león al lado del riachuelo! ¡Qué fastidio! En fin....tiene pinta de haber comido ya. Seguramente no ha venido a cazar. Es probable que sólo haya venido a relajarse un rato buscando un momento de tranquilidad....De hecho, creo que es muy poco probable que me haga nada. Si, seguro que ni me ha visto....”
Los hábitos son también muy útiles. Cuando adquirimos un hábito nuestra mente se relaja, ya no es necesario que se plantee en cada ocasión si esto o lo otro es lo más conveniente. Simplemente sigue el hábito y ya está. Sin esfuerzo, automáticamente. Los hábitos permiten que nuestra mente se dedique a otras cosas. Expertos en neurociencia nos dicen que si repetimos una acción un número determinado de veces (entre 5 y 14 según las fuentes que consultéis) durante un periodo corto de tiempo, conseguiremos que en nuestro cerebro se cree un circuito neuronal específico que será la manifestación anatómico-funcional del hábito recién creado. Además, hoy sabemos que gracias a la neuroplasticidad de nuestro cerebro estos circuitos son modificables y reversibles según nuestra voluntad. ¡Lástima que la pobre gacela no tuvo oportunidad de leer este blog! Y vosotros, ¿os habéis sentido alguna vez gacelas?
Cuentan que un equipo de reporteros de un canal de televisión se desplazó a la sabana africana para llevar a cabo un reportaje sobre la fauna de aquella región. Localizaron una pequeña familia de leones y decidieron seguirlos durante unos días. Cuentan los reporteros que un atardecer siguieron al macho de la manada con la intención de observar cómo cazaba. Siguieron al león en secreto hasta la orilla de un pequeño riachuelo. Allí se tumbó en la hierba y se dedicó a dormitar durante un rato. Los reporteros explican que quedaron boquiabiertos al ver a un grupo de gacelas que se acercaba a la orilla del riachuelo y empezaban a beber tranquilamente. El león no se escondió y continuó holgazaneando a la vista de las gacelas. Estaban separados por unos escasos metros y parecía que a las gacelas no les importaba tener al león tan cerca. De repente, el león se puso en pie y sin aparente esfuerzo saltó sobre una de las gacelas que pasó a convertirse instantáneamente en la cena de aquel día.
El poder de los hábitos es muy grande. Es tan grande que un animal (y una persona también) puede llegar a poner en peligro su propia vida por mantener dicho hábito. Buscar un lugar diferente donde poder beber le causa tanta ansiedad y tanto miedo a la gacela que prefiere arriesgar su vida y continuar bebiendo en el lugar que siempre lo ha hecho. Si los reporteros pudiesen haber leído los últimos pensamientos de la gacela antes de ser devorada por el león probablemente la hubiesen oído decir: “¡Vaya, un león al lado del riachuelo! ¡Qué fastidio! En fin....tiene pinta de haber comido ya. Seguramente no ha venido a cazar. Es probable que sólo haya venido a relajarse un rato buscando un momento de tranquilidad....De hecho, creo que es muy poco probable que me haga nada. Si, seguro que ni me ha visto....”
Los hábitos son también muy útiles. Cuando adquirimos un hábito nuestra mente se relaja, ya no es necesario que se plantee en cada ocasión si esto o lo otro es lo más conveniente. Simplemente sigue el hábito y ya está. Sin esfuerzo, automáticamente. Los hábitos permiten que nuestra mente se dedique a otras cosas. Expertos en neurociencia nos dicen que si repetimos una acción un número determinado de veces (entre 5 y 14 según las fuentes que consultéis) durante un periodo corto de tiempo, conseguiremos que en nuestro cerebro se cree un circuito neuronal específico que será la manifestación anatómico-funcional del hábito recién creado. Además, hoy sabemos que gracias a la neuroplasticidad de nuestro cerebro estos circuitos son modificables y reversibles según nuestra voluntad. ¡Lástima que la pobre gacela no tuvo oportunidad de leer este blog! Y vosotros, ¿os habéis sentido alguna vez gacelas?
62. Exceso de Equipaje
Cuando Guillermo recibió la llamada estaba en su despacho apurando el tercer café del día. Eran las diez de la mañana. El día se presentaba otra vez complicado. La musical y algo nasal voz de Clara lo convocaba a una reunión en el despacho del director en cinco minutos. Tras colgar el teléfono Guillermo abrió el primer cajón de su escritorio, cogió el paquete de tabaco recién estrenado y salió pitando del despacho en dirección a la azotea. Podía fumarse un cigarro más, aunque en modalidad aspiradora, antes de ir a la reunión.
"Buenos días Guillermo. Anda, pasa y siéntate, por favor."
"Gracias Antonio. Clara me ha dicho que querías verme."
"Efectivamente. ¿Un café?"
"No, gracias. Hoy ya llevo tres."
"De acuerdo. Mira Guillermo, como ya sabes esta maldita crisis nos está pasando factura a todos. Nuestra empresa siempre se ha caracterizado por saber situarse uno o dos pasos por delante de la competencia y gracias a eso nos mantenemos vivos y, desde mi modesto punto de vista, con una relativa buena salud. Aunque desgraciadamente algunos de nuestros accionistas no paran de quejarse. No dejan de llamarme casi a diario protestando porque el importe del dividendo que acabamos de repartir es inferior al del ejercicio pasado. Y tienen la desvergüenza de llamarme desde una playa de Cancún o Santo Domingo mientas se tuestan al sol y se cuecen a base de piñas coladas y mojitos. Pero en fin, ¡qué le vamos a hacer! Así es la vida. Unos se rompen los cuernos trabajando para que otros puedan disfrutar de una vida tranquila y sin sobresaltos..."
"Perdona que te interrumpa Antonio, pero es que en el despacho estamos muy ocupados. ¿Para qué querías verme exactamente?"
"Tú siempre tan directo Guillermo. Me encanta. Tienes razón. Todos estamos muy ocupados y el tiempo es oro. Mira, el consejo de administración ha decidido abrir una nueva delegación en Shanghai y queremos que tú la dirijas. Habían otros dos candidatos para el puesto, Rubén y Alicia, pero he convencido al consejo de que tú eres el mejor. Tú eres mi candidato y por eso quiero que ocupes el cargo."
"¿Shanghai? ¡Caray Antonio! Podrías haberme dicho algo antes, ¿no?"
Antonio se quedó en silencio observando a Guillermo. Se creó una pausa incómoda que finalmente el director rompió con un sobreactuado suspiro de fastidio.
"Escúchame bien Guillermo. Es la hora de los valientes. Dime si puedo contar contigo. No quiero tener la impresión de que me he equivocado. Yo siempre apuesto a caballo ganador y todo el mundo lo sabe. Necesito una respuesta ahora. ¿Estás con nosotros o no?"
Guillermo se removió en la butaca de piel. Esa butaca tan cara y hasta entonces tan cómoda parecía incapaz de contener su angustia que empezaba a desparramarse por todo el despacho.
"De acuerdo Antonio. Cuenta conmigo."
"Perfecto. Estaba seguro que no me decepcionarías y así se lo hice saber al consejo. Bueno, puedes volver al trabajo. Después te llama Clara y te comenta los detalles."
Un minuto y veinte segundos después Guillermo estaba de nuevo en la azotea aspirando compulsivamente otro cigarro más.
Los días siguientes pasaron volando. Se sucedieron entrevistas, videoconferencias, visitas al consulado, redacción de memorándums, revisiones médicas...Su vida se complicaba todavía un poco más. Debía renunciar a muchas cosas: La familia, los amigos, su piso con una hipoteca recién estrenada que debería alquilar o vender, la moto que había restaurado pacientemente durante las mañanas de domingo de los últimos tres años y que ya no podría estrenar. También debía renunciar a Sensei, el setter inglés que él y su hermano habían rescatado de la perrera ante el pelotón de fusilamiento y con el que disfrutaba de largas caminatas por el paseo marítimo de la ciudad y a los chocolates con churros que endulzaban muchas tardes de invierno en la cafetería de la plaza Mayor. Debía renunciar a todas esas cosas que daban sentido a su vida y a muchas más. Pero lo haría porque quería triunfar. Quería demostrarle a Antonio que no se había equivocado en su elección. Que él era el hombre adecuado. Que él también creía que estamos en este mundo para crecer, progresar y hacer cosas grandes. Que los retos están para aceptarlos siempre. Que hay cosas a las que no se puede decir no. Que nadie había dicho que la vida iba a ser fácil y cómoda. Que lo que no costaba un esfuerzo no valía la pena. Que no le daba miedo renunciar a cosas. Que él quería más, mucho más. Que su apetito era insaciable. Que era un caballo ganador.
"Lo siento señor. Lleva exceso de equipaje." Una amable empleada de Air France con sonrisa imperturbable tras el mostrador, sacó a Guillermo de su sueño.
"Perdón. ¿Cómo dice?"
"Digo señor, que no puede llevar consigo todo ese equipaje. Debe dejar algo en tierra."
"¿Dejar algo?, ¿quiere decir que debo...?. Es que no puedo...Lo necesito todo."
"Lo entiendo señor pero el avión va lleno. Lleve solo lo imprescindible, lo más importante y luego ya podrá..."
"¿Lo imprescindible?, ¿lo más importante?"
Guillermo dejó caer su equipaje de mano y al hacerlo notó que se liberaba de un gran peso. Parecía como si todas las expectativas que los demás habían depositado en él cayesen también al suelo junto con su equipaje de mano. La vida que se suponía que debía llevar estaba también en aquella bolsa de mano.
Aliviado, sonrió a la empleada amable.
"Lo dejo todo señorita. No voy a tomar ese vuelo."
Y ante la sorpresa de la mujer amable tras el mostrador y la indignación del resto de viajeros que hacía cola para facturar sus equipajes, Guillermo se marchó dejando una montaña de maletas detrás de si. Se sentía ligero y vital como hacía muchos años que no se sentía. Se movía rápido sin equipaje.
Si se apresuraba, tendría tiempo de dar un paseo por la playa con Sensei antes del aperitivo de mediodía.
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